Gran Vía

Son las seis de una tarde de otoño. He decidido olvidarme un poco del mundo hoy. Tenía ganas de dar un paseo. La mayoría de la gente, para relajarse, prefiere irse lejos de la gran ciudad. Alejarse del mundanal ruido. De las multitudes, del tráfico. Pero yo soy una rara avis. Llego a la plaza de Callao. Salgo de la boca de metro, y ya estoy en el centro del universo. La gente cruza la plaza peatonal de un lado a otro, parece que sin rumbo. No todo es lo que parece en esta ciudad. Todos vivimos la vida como si fuera el último día. Con prisa, pensando que el mundo se puede acabar mañana, pero sabiendo hacia donde dirigir nuestros pasos.

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Está empezando a anochecer, y yo estoy en medio de la jungla de asfalto. Me acerco despacio, sin seguir el ritmo del resto, hasta Gran Vía. Esa avenida joven pero anciana a la vez, que ya ha visto de todo. Una guerra, una dictadura, cultura, cine, música, movida madrileña, progreso, retroceso. Los de fuera y los de aquí se encuentran en esta enorme avenida, llena de teatros, restaurantes y comercios, por la que apenas se puede andar bien en ocasiones. Todos nos mezclamos. Todos somos bienvenidos.

Y llega ese momento mágico. El sol se está ocultando en el cielo multicolor de Madrid. Azul, magenta, morado y naranja. Colores que se reflejan en las nubes madrileñas. Y casi todos miramos hacia arriba fascinados, ignorando el ruido y el jaleo. Y se hace una pausa. Todo se detiene cuando las luces del letrero de Schweppes de la plaza de Callao, con sus luces de neón multicolor ancladas en otro tiempo, se encienden. Ahora llega la hora del otro Madrid.

De la ciudad que nunca duerme. De la ciudad más divertida del mundo, como sentenciaba el personaje de Imanol Arias en Laberinto de pasiones. Ese Madrid nocturno donde cualquier cosa puede pasar, como ver a Carmen Maura siendo regada por la manguera de un operador de limpieza en plena calle, y en agosto en La ley del deseo; o ver a Santiago Segura y Álex Ángulo colgados del letrero de Callao, intentando evitar el nacimiento del Anticristo en El día de la bestia. O encontrarte con los archiconocidos rockeros que llevan años apostados frente a la entrada del antiguo Madrid Rock, un templo para los amantes de la música que lamentablemente desapareció. Ellos, como el edificio Telefónica, forman parte de la historia de esta calle.

Gran Vía se ilumina y te sonríe, invitándote a visitar sus teatros y sus comercios. Animándote a conocerla, a degustarla, a quererla. Y yo paseo sobre sus aceras, y me siento fuerte y alegre. Y sonrío. Porque me siento bienvenida, pero a la vez, escondida. Nadie sabe quien eres, ni te molesta, por muy famoso que seas. Entre la multitud, uno puede encontrar el anonimato. Porque tú no eres el protagonista de la escena. No, no. Es la Gran Vía la estrella de este espectáculo que se representa cada día en Madrid. El cielo ya oscuro es el telón de fondo, y nosotros miramos a las luces de neón, nuestras estrellas. Y siento una fuerte descarga que me hace olvidar los problemas. Porque nada es ya tan importante. Te sientes vivo y lo único que me apena es tener que marcharme. Aunque no me voy triste, porque Gran Vía siempre estará esperándome.

©Andrea Muñoz Majarrez, 2018.

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